Con los años…

Contigo aprendí a que es posible que cuando quieres, recibas lo mismo de vuelta, y te quieran. Pero, sobre todo, aprendí a saber querer y a quererme, a tener en mi vida sólo lo estrictamente necesario, para que nada sobre ni falte.

Y una vez más, la suerte no existe, sino que está dentro de nosotros mismos, y yo mejor que nadie lo sé, pues la llevo tatuada en mi piel con una tinta imborrable.

A lo largo de esta vida de caos, estrés y prisas, existen personas con las que debemos cruzarnos, por y para algo. Es algo que está destinado a ser, y es. Como dos piezas que encajan a la perfección, sin necesidad de falsas apariencias.

Y así nos pasó a ti y a mí, que fuimos. Fuimos nada, y pasamos a serlo todo. Le dimos sentido a los días, a las risas, y a las largas conversaciones. Y así, a la vez que le dábamos sentido a unas cosas, le quitábamos creencia a otras (porque las malas lenguas nunca faltan).

Hace medio lustro, no hubiera podido creer que mi compañero de flauta podría llegar a ser mi mano derecha, que crecer supondría abandonar todo lo que nos pesaba para poder alcanzar todo lo demás. 

Pero sí. 

Porque a veces, cuando pierdes, también ganas… con los años. Y yo, te gané a ti.

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